miércoles, 24 de octubre de 2007

Mariano

En 1958, el alcalde decidió poner un techado de piedras y madera en la plaza del pueblo con motivo de resguardarnos del sol picajoso del verano y de las escasas lluvias del invierno, que siempre tenían la mala vaina de fastidiar alguna fiestita de las que hacíamos.

Tres años más tarde se desplomó. Con Mariano debajo. El médico, un señor muy culto venido de la ciudad que se pasaba los días languideciendo en las mesitas de fuera de la taberna, dijo que tenía el "típico síntoma del aplastamiento", vamos, que si lo sacábamos de ahí, moriría.

Tras quitar los cascotes de alrededor, todos cogimos sillas de casa y nos sentamos alrededor de Mariano, que nos miraba con sus ojillos de cordero sin entender muy bien que pasaba. Nunca se había distinguido por ser un tipo listo, para serles sinceros, era un bastante lento de entendederas, pero tenía un alma simple y pura. No podíamos dejarle morir.

Finalmente, llegamos a diferentes acuerdos: el barbero se comprometió en ir una vez cada quince días para afeitarle y pelarle, el carpintero se ofreció para hacerle un techillo que le resguardara de las lluvias, el boticario en dejarle las medicinas gratis, el cura en ir cada domingo en darle una misa y confesión a él y entre todos los del pueblo, cada día iría un a velar que no le pasara nada.

Pobrecillo, pensamos. No durará hasta Navidad, se murmuró. Pero si duró, ¡vaya que sí duró! Y hubo que hacer turnos para no dejarlo solo las fechas importantes: cada día una familia celebró las fiestas en la intemperie.

Al principio, hubo quejas, normal. Un año cuidando del tonto del pueblo se puede, pero más... Pero ahí el alcalde fue astuto y con motivo de poner bonito el montón de escombros que cubría a Mariano, erigió una estatua en memoria del desafortunado día, en el que "cualquiera pudo haber estado ahí".

Han pasado los años y Mariano y la estatua siguen ahí. La estatua inalterable y Mariano echo un anciano que peina unas poquillas canas. Otro que sigue inmutable es el médico, el cual, de cuando en cuando, exclama: "¡Extraordinario!", mientras bebe vino.

Y las costumbres, no han cambiado, solo que ahora es el hijo del barbero quien viene a pelar al pobre de Mariano. ¡Y le hace unas cosas! Hace dos quincenas, nos lo tiñó de verde.

martes, 23 de octubre de 2007

Imaginemos...


Imaginemos que le están comienzo un pezón. Es una situación agradable, ¿no? Una lengua humeda que le sorbe de manera continua dicho apéndice. Supciona, lame, muerde, pellizca con los labios.

Obviamente, este ritual, provoca el erizamiento involuntario del pezón. De su pezón.

El ser humano, para obtener placer, no solo se conforma con sentir, ha de ver. Pero, salvo que se le prive totalmente de ese sentido, todos somos voyeurs por naturaleza. Dada esta condición, baja usted la vista para encontrarse con los ojos entrecerrados de su amante, que sigue concentrado en su pezón como si su vida dependiera de ello. Probablemente sea así.

Tras haber observado la escena un momento, inclina la cabeza hacia atrás y se regodea en el recuerdo. Otra caracteristica humana, el recuerdo, donde todo es más bello a pesar de ser minutos los transcurridos.

Finalmente, suelta un gemido. Provoca que varias mujeres se giren descaradamente y comiencen a cuchichear. Un señor le mira por encima del periodico.

Ciertamente, no es un comportamiento normal, que una madre se excite dandole el pecho a su bebé recién nacido. Quizás sea su condición de madre primeriza, quizás sea que el hijo, a pesar de su corta edad (un par de días), se parezca demasiado al padre. Fuerese lo que fuerese, se levanta totalmente azorada, y después de aborcharse el sujetador apenas aciertas a pagar al camarero el café antes de salir de la terraza.