¿Cómo influyen en nosotros la gente que amamos? ¿Cuando nos dejan? ¿Cuando no nos podemos desenganchar? ¿Qué pasa?
Hoy ha sido un día raro. He terminado "La Canción del Mirlo" y he visto un capitulo de Mujeres Desesperadas (típico entre acto entre temporadas) que me ha dejado omnibulada entre tribulaciones varias.
Yo no tuve padre. Al menos no en el sentido más católico de la palabra. Mi madre era soltera y mi padre fue un satélite que está, al que quiero mucho pero no siento como carne de mi carne. ¿Cómo afecta esto a mi? ¿A mi carácter? ¿A las relaciones que llevo?
El hijo siente un afecto natural hacia la madre y la hija hacia el padre, luego este afecto se estabiliza, llegando una edad en la que se busca el intimismo con el progenitor del mismo sexo.
Pero, teniendo en cuenta todos los tipos de familias que existes, ¿cómo afecta esto al hijo?
¿O no afecta?
Sin embargo, una vez que crecemos, es curioso comprobar como aquello que buscamos en la pareja, es todo lo que no nos dio nuestra madre: ¿que nos sentíamos poco escuchados? Queremos alguien que sólo tenga orejas para nosotros.
¿Y si no tenemos madre? ¿Viviremos en el eterno miedo de la ausencia?
Además, el buscar algo que se asemeje a una estabilidad como la paterna, ¿no nos predispone a comernos "cualquier cosa"? Es decir, no me extraña que luego existan parejas que se creen por "rutina". Al igual que hay padres que se soportan por rutina.
Después de comprobar que somos sólo el subproducto de nuestro núcleo familiar, ¿que hay de nosotros en ello? ¿Existe realmente libertad a la hora de elegir pareja, familia, hogar?
Abruma.
Abruma pensar que algo tan intimo como con quien voy a compartir el resto de mi vida esté coaccionado por tantos estragos externos.
No voy a hablar aquí ya de las neuras internas.
La opresión del "qué diran". El "no voy a encontrar a nadie más que me quiera". O cualquiera de esas cosas que pasan por nuestras cabezas. O la simple negación. A veces nos negamos a ver lo que está delante de nuestros ojos. Simple. Tan simple como es la vida humana.
Mi padre olía a tabaco y a colonia That Men y tenía esos guapos de chico normal que tira para atrás. El Canto del Mirlo
miércoles, 26 de marzo de 2008
martes, 25 de marzo de 2008
Lazo negro
Demasiadas muertes.
Ha sido un mes negro.
Un minuto de silencio, por los conocidos y los desconocidos.
Ha sido un mes negro.
Un minuto de silencio, por los conocidos y los desconocidos.
El abuelo
Las cosas cambiaron con una llamada el año más agobiante de mi corta vida.
Dos días antes mi madre me informó que mi abuelo iba a someterse a una operación de corazón (un doble bypass o no se qué) y a los dos días me comentó que había sufrido un ictus, o lo que es lo mismo, su mitad izquierda estaba totalmente paralizada.
En ese instante, el royo que en el que yo misma me había metido entre dos personas que tiraban de mi, el amigo que te insitía que no le prestabas atención, las lesbianas metidas en la habitación en la que tratabas vanamente en hacer vida, los examenes, todo, me dió exactamente igual. No importaban. Sólo que a veces se me encogia el corazón, las paredes amarillas parecía crecer hacia arriba y estrecharse hasta extremos axfisiantes.
Y salía sin dar explicaciones a alguna cafetería amable.
Fue cuando necesité huir. A donde fuera. Y la beca erasmus se presentó como un bonito regalo.
O como algo desastroso.
Pero en aquella época sólo tenía ojos para mi: mis relaciones, mi operación, mis neuras, mi miedo a la muerte, mi "no necesito a nadie", mi "dejadme sola", mi, me, mi, conmigo y punto.
Sin darme cuenta que mi propia familia estaba entrando en una pequeña crisis debida al desgaste.
Sólo me di cuenta ahora. Dos años más tarde de todo. Cuando ya no soy yo el centro del universo. Cuando empiezo a darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor y cuando soy consciente que las acciones tienen efectos erosivos, como las olas del mar, capaces de romper rocas.
El año en Francia sirvio para pensar. Mucho ejercicio físico, una dieta baja en todo y unos exfuerzos irreverentes para expresarse en una lengua que no es la tuya (ni de lejos) con gente que tampoco la conoce, hace que ordenes más lo que hay dentro de tu coco.
También comienzas a darte cuenta de lo que dejas detrás. Y de quien es tu familia. A ser el apoyo lejano de tu madre, porque de repente, eres una pequeña mujer.
Son las primeras navidades de tu abuelo de medio lado, postrado en una silla de ruedas. Entonces me sentía incomoda. No sabía como comportarme. Y todavía sigo sin saberlo.
Subió una promoción de crios a la mesa de los adultos y los viejos fueron excluidos a una chiquitita. Hubo protestas en la cocina, murmullos entre las mujeres. Porque en tu familia, son las mujeres quien llevan los pantalones, pero son tan diplomaticas que murmuran y se muerden la lengua.
Segundo año y segunda pasada por quirofano. Comienza a ser una costumbre un poco molesta. Pero vuelvo un mes a casa. Noto de primera mano la pequeña erosión que mi abuelo causa. Veo a mi madre llorar por él.
Y ya comienzo a recordarlo como algo muerto, puesto que recuerdo como era antes de: sus paellas en el campo, su arte en la cocina, como me tiraba en el agua cuando era una cria. Y ahora, fuma y bebe. Y llora.
Paso el verano fuera de casa. No es porque quiera, quiero estar en casa pero las cosas surgen así.
Encuentro un piso con dos compañeras maravillosas y muy demasiado tias. Me integro en clase. Y tiemblo cada vez que mi madre me llama al movil por que sí.
La tercera navidad se nota que el abuelo también une, aunque se nota que las cosas no volverán a ser como antes. Pero la familia es fuerte. Es ferrea. Es de niquel.
Y el tiempo pasa y las cosas siguen como siempre. Solo que tirantes. El otro día vi a la abuela gritar. Porque erosionan. Traen consigo, como las olas del mar, lo peor de nosotros mismos. Lo que no queriamos que saliera a la superficie.
Pero la familia es fuerte. La familia se conoce demasiado bien y calla y soporta. Pero aunque la familia es ferrea, temo que se rompa.
Y tiemblo cada vez que mi madre me llama por que sí.
Dos días antes mi madre me informó que mi abuelo iba a someterse a una operación de corazón (un doble bypass o no se qué) y a los dos días me comentó que había sufrido un ictus, o lo que es lo mismo, su mitad izquierda estaba totalmente paralizada.
En ese instante, el royo que en el que yo misma me había metido entre dos personas que tiraban de mi, el amigo que te insitía que no le prestabas atención, las lesbianas metidas en la habitación en la que tratabas vanamente en hacer vida, los examenes, todo, me dió exactamente igual. No importaban. Sólo que a veces se me encogia el corazón, las paredes amarillas parecía crecer hacia arriba y estrecharse hasta extremos axfisiantes.
Y salía sin dar explicaciones a alguna cafetería amable.
Fue cuando necesité huir. A donde fuera. Y la beca erasmus se presentó como un bonito regalo.
O como algo desastroso.
Pero en aquella época sólo tenía ojos para mi: mis relaciones, mi operación, mis neuras, mi miedo a la muerte, mi "no necesito a nadie", mi "dejadme sola", mi, me, mi, conmigo y punto.
Sin darme cuenta que mi propia familia estaba entrando en una pequeña crisis debida al desgaste.
Sólo me di cuenta ahora. Dos años más tarde de todo. Cuando ya no soy yo el centro del universo. Cuando empiezo a darme cuenta de lo que sucede a mi alrededor y cuando soy consciente que las acciones tienen efectos erosivos, como las olas del mar, capaces de romper rocas.
El año en Francia sirvio para pensar. Mucho ejercicio físico, una dieta baja en todo y unos exfuerzos irreverentes para expresarse en una lengua que no es la tuya (ni de lejos) con gente que tampoco la conoce, hace que ordenes más lo que hay dentro de tu coco.
También comienzas a darte cuenta de lo que dejas detrás. Y de quien es tu familia. A ser el apoyo lejano de tu madre, porque de repente, eres una pequeña mujer.
Son las primeras navidades de tu abuelo de medio lado, postrado en una silla de ruedas. Entonces me sentía incomoda. No sabía como comportarme. Y todavía sigo sin saberlo.
Subió una promoción de crios a la mesa de los adultos y los viejos fueron excluidos a una chiquitita. Hubo protestas en la cocina, murmullos entre las mujeres. Porque en tu familia, son las mujeres quien llevan los pantalones, pero son tan diplomaticas que murmuran y se muerden la lengua.
Segundo año y segunda pasada por quirofano. Comienza a ser una costumbre un poco molesta. Pero vuelvo un mes a casa. Noto de primera mano la pequeña erosión que mi abuelo causa. Veo a mi madre llorar por él.
Y ya comienzo a recordarlo como algo muerto, puesto que recuerdo como era antes de: sus paellas en el campo, su arte en la cocina, como me tiraba en el agua cuando era una cria. Y ahora, fuma y bebe. Y llora.
Paso el verano fuera de casa. No es porque quiera, quiero estar en casa pero las cosas surgen así.
Encuentro un piso con dos compañeras maravillosas y muy demasiado tias. Me integro en clase. Y tiemblo cada vez que mi madre me llama al movil por que sí.
La tercera navidad se nota que el abuelo también une, aunque se nota que las cosas no volverán a ser como antes. Pero la familia es fuerte. Es ferrea. Es de niquel.
Y el tiempo pasa y las cosas siguen como siempre. Solo que tirantes. El otro día vi a la abuela gritar. Porque erosionan. Traen consigo, como las olas del mar, lo peor de nosotros mismos. Lo que no queriamos que saliera a la superficie.
Pero la familia es fuerte. La familia se conoce demasiado bien y calla y soporta. Pero aunque la familia es ferrea, temo que se rompa.
Y tiemblo cada vez que mi madre me llama por que sí.
viernes, 7 de marzo de 2008
Tres
Sonaron tres detonaciones. Él me miro con cara de no entender nada y calló al suelo.
Me quedé inmóvil. Quieta. Sin oír, sin ver. Sin sentir.
Hacía un segundos, nuestra hija saltaba delante nuestra porque íbamos al parque, y ahora él estaba en el suelo, con tres agujeros.
Dicen, que cuando mueres, tu vida pasa por delante de tus ojos. Pero nunca dicen que si ves morir a alguien con el que has compartido casi la mitad de tu vida y una genética en forma de hija, es SU vida la que pasa delante de TUS ojos.
Al principio era sólo un chorro de fotografías y vídeos de 8mm, luego, a la altura de la universidad, nuestros primeros encuentros, las manifestaciones,... se volvió technicolor. El nacimiento de nuestra hija fue calidad dvd. Los últimos segundos fueron como si acabaran de ocurrir.
Dentro, estaba vivo. Salió y se murió. Así de simple. Así de estúpido.
Me quedé inmóvil. Quieta. Sin oír, sin ver. Sin sentir.
Hacía un segundos, nuestra hija saltaba delante nuestra porque íbamos al parque, y ahora él estaba en el suelo, con tres agujeros.
Dicen, que cuando mueres, tu vida pasa por delante de tus ojos. Pero nunca dicen que si ves morir a alguien con el que has compartido casi la mitad de tu vida y una genética en forma de hija, es SU vida la que pasa delante de TUS ojos.
Al principio era sólo un chorro de fotografías y vídeos de 8mm, luego, a la altura de la universidad, nuestros primeros encuentros, las manifestaciones,... se volvió technicolor. El nacimiento de nuestra hija fue calidad dvd. Los últimos segundos fueron como si acabaran de ocurrir.
Dentro, estaba vivo. Salió y se murió. Así de simple. Así de estúpido.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Afeitandose
Tardo en afeitarme quince minutos, menos una vez que tardé tres años.
Realmente, para mi fue como siempre: crear mi pozillo de agua, comenzar eliminando la gran pelambrera con la maquinilla eléctrica y luego darle un toque con los cabezales redondos. Arreglar patillas y aftershave.
Pero cuando salí del baño y fui a besar a mi mujer que cocinaba unas papas en blanco, esta pegó un respingo y se llevó la mano al corazón.
Pálida, me tocó con las manos mientras musitaba a media voz: "Pépe... estás aquí..."
En ese momento su reacción me pareció exagerada. Pero cuando me explicó mi ausencia, entendí ese extraño episodio que le ocurrió a mi padre cuando fue a por tabaco y tardó siete años en volver.
Realmente, para mi fue como siempre: crear mi pozillo de agua, comenzar eliminando la gran pelambrera con la maquinilla eléctrica y luego darle un toque con los cabezales redondos. Arreglar patillas y aftershave.
Pero cuando salí del baño y fui a besar a mi mujer que cocinaba unas papas en blanco, esta pegó un respingo y se llevó la mano al corazón.
Pálida, me tocó con las manos mientras musitaba a media voz: "Pépe... estás aquí..."
En ese momento su reacción me pareció exagerada. Pero cuando me explicó mi ausencia, entendí ese extraño episodio que le ocurrió a mi padre cuando fue a por tabaco y tardó siete años en volver.
lunes, 3 de marzo de 2008
Hamburguesas
A la una y media, he cogido lo primero que he pillado y he bajado a comprar a la plaza.
-Pongame cuatro muslitos de pollo y dos hamburguesas.
-¿Te limpio los muslos?
Ante mi incompetencia como maruja, he mirado a la pollera de hito en hito y le he dicho:
-Sinceramente, me da igual.
Mentira. "Sinceramente, no tengo ni idea". Pero tampoco era para quedar de inculta delante de ella y su amiga.
Después, la frutería. ¿Cómo voy hacer el pollo? Con cebollitas. Sí. Haré un sofrito y luego echaré los muslitos. Un poquito de vino le vendría genial.
-Por favor, dos tomates para guisar y tres cebollas.
-¿Para guisar? ¿Asi blanditos no?
-Sí, por favor.
-Ochenta y cinco centimos.
Me encanta comprar al por menor.
Luego, al super. Me hace falta... vino blanco, especias, lechuga (con lo que comes, más vale hacer una ensalada), unos espárragos y leche ideal para la próxima crema de verduras.
Recojo el correo, hoy solo está la Gaceta de Getafe y un gasto inútil de papel en publicidad.
Después de los tres pisos a pié, recoger el fregao del día anterior para despejar un poco la minúscula cocina, ordeno todo y comienzo a la faena:
Primero organizar todo, luego pelar media cebolla. Hoy como sola y no necesito tanto. Pongo la sarten con el aceite y mientras comienza a calentarse, friego el desayuno. Mientras se dora la cebolla con un diente de ajo, corto el tomate, para hacer el sofrito. Los dos tomates. ¡Ole! Que le den mucho saborcito.
Hecho una hamburguesa. Me parece poco. Echo la otra. Un poco de oregano, algo de sal y una pizca de pimienta. Y mientras se hace, veo un poco de los Simpson.
Cuando me voy a servir me doy cuenta: sobra media sarten. O faltas tu.
La fuerza de la rutina se ha impuesto a mi ojo crítico: he vuelto a cocinar para dos. Suspiro. Luego sacaré un tapper y lo dejaré para cuando tu vuelvas... o para cuando no estés y vuelva a comer sola.
-Pongame cuatro muslitos de pollo y dos hamburguesas.
-¿Te limpio los muslos?
Ante mi incompetencia como maruja, he mirado a la pollera de hito en hito y le he dicho:
-Sinceramente, me da igual.
Mentira. "Sinceramente, no tengo ni idea". Pero tampoco era para quedar de inculta delante de ella y su amiga.
Después, la frutería. ¿Cómo voy hacer el pollo? Con cebollitas. Sí. Haré un sofrito y luego echaré los muslitos. Un poquito de vino le vendría genial.
-Por favor, dos tomates para guisar y tres cebollas.
-¿Para guisar? ¿Asi blanditos no?
-Sí, por favor.
-Ochenta y cinco centimos.
Me encanta comprar al por menor.
Luego, al super. Me hace falta... vino blanco, especias, lechuga (con lo que comes, más vale hacer una ensalada), unos espárragos y leche ideal para la próxima crema de verduras.
Recojo el correo, hoy solo está la Gaceta de Getafe y un gasto inútil de papel en publicidad.
Después de los tres pisos a pié, recoger el fregao del día anterior para despejar un poco la minúscula cocina, ordeno todo y comienzo a la faena:
Primero organizar todo, luego pelar media cebolla. Hoy como sola y no necesito tanto. Pongo la sarten con el aceite y mientras comienza a calentarse, friego el desayuno. Mientras se dora la cebolla con un diente de ajo, corto el tomate, para hacer el sofrito. Los dos tomates. ¡Ole! Que le den mucho saborcito.
Hecho una hamburguesa. Me parece poco. Echo la otra. Un poco de oregano, algo de sal y una pizca de pimienta. Y mientras se hace, veo un poco de los Simpson.
Cuando me voy a servir me doy cuenta: sobra media sarten. O faltas tu.
La fuerza de la rutina se ha impuesto a mi ojo crítico: he vuelto a cocinar para dos. Suspiro. Luego sacaré un tapper y lo dejaré para cuando tu vuelvas... o para cuando no estés y vuelva a comer sola.
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