26/01/10

Aburrimiento

No sé si será algo innato al ser humano, pero siempre he vivido con la sensación de andar perdiéndome algo. Quizá sea la profusión de cultura a la que estamos expuestos: películas, libros, series, videojuegos,... No digo que en la Edad Media no tuvieran sueños y pensaran que la vida debía ofrecerle más de lo que les daba. Pero claro, ellos no conocían la ciencia ficción, ni suspiraban por poder ir en la Enterprise en busca de nuevas civilizaciones.

Vale, ando divagando, pero claro, en dos horas de grabación la realidad de los Lords of Downtown suena mucho más divertida que si tuviéramos que meternos el tostón de ir a clase o lo mal que lo pasaban trabajando. En unas seiscientas páginas donde no existen expresiones como “ir al baño”, las violaciones sólo se intuyen y los tipos de más de cuarenta satisfacen a jovencillas apenas salidas de la pubertad, te vas planteando por qué no has estudiado periodismo y qué haces perdiendo el tiempo en Madrid pudiendo estar en Estocolmo. Incluso las producciones más indis de los comics más underground de lo más profundo de los Estados Unidos parecen tener mejores historias que nuestra rutina de trabajo, fiesta y siesta.

Cambio dos minutos de youtube por mi vida. Y no por ser famosa, si no por que quizás parezca lo más interesante de mi vida.

18/05/09

Sin sexo

Ayer los policías papales llamaron a mi puerta. ¿Tendría el volumen de la televisión muy alto?


- ¿Usted es…- Miró en sus papeles.- Eva del Prat?-

- Sí. ¿Algún problema?- Traté de parecer lo más encantadora posible.

-¿Soltera?-

-Sí…- Esa pregunta me descolocó un poco, ¿para qué querrían saber si era soltera?

-Síganos.-


Y cuando un policía papal te dice “sígueme”, tú le sigues. Me metieron en un coche y nos dirigimos al hospital. Un momento… ¿Al hospital!


-Perdonen- Les indiqué.- Me encuentro perfectamente. Pueden parar aquí y me voy por mi propio pie, no hay problema.-


Me ignoraron.


Pararon en la puerta y me indicaron que bajara. Fuera del hospital me esperaba una enfermera que me sentó en una destartalada silla de ruedas.


-¡Hola!- Estaba macabramente alegre. De esos excesos de alegría que no presagiaban nada bueno.


A pesar de su aspecto menudo y delicado, tenía la suficiente fuerza como para arrastrarme por todo el hospital.


Al cabo de un rato de pasar pasillos, ascensores y puertas, me atreví a preguntar.


-Perdone, ¿qué me van hacer? Creo que estoy bastante sana… Paso con las más altas puntuaciones la revisión de Calidad G del Papado.

-¡Oh! ¡Tranquila! ¡No tiene que ver con nada de eso! Pero te aseguro que no dolerá.- No le vi la cara, pero podría jurar que sonrió.


Parecía que nadie iba a resolverme las dudas.


Me llevó a una sala totalmente aséptica, llena de complicados aparatos médicos con una cama de observaciones en el centro. La luz blanca que surgía como de las esquinas de las paredes, reflejaba en los azulejos dándole un aspecto casi celestial. O polar. O de un cielo muy frío. De un cielo helado realmente inquietante.


De entre todos los aparatos surgió un doctor, largo como un día sin pan. Me tomó la tensión, me midió el pulso, me hizo pruebas de reflejos y me sacó sangre. Todo ello sin apenas mirarme, como si no tuviera conciencia de que yo fuese un ser humano.


-¿Eres alérgica a la anestesia?- Sus ojos glaucos me miraron largamente.

-Nunca me han operado. ¿Me van a operar?- El pánico se coló en mis palabras.


El médico meditó.


-Mmm… reza para no serlo.-


Y me dejó en la sala con las lágrimas bailándome en los ojos.


-¡Desnúdese!- Cantó la enfermera alegremente sobresaltándome. Un pijama de hospital me dio en el rostro, probablemente en su euforia me lo había tirado, esperando que lo hubiese recogido en un acto de reflejos gatuno.


Me miró y como no reaccionaba (me limité a mirarla de hito en hito), su expresión se volvió impaciente.


-¡Vamos! ¡Qué no tenemos toda la noche!


Y me empezó a desnudar de manera histérica: mi camisa voló por la ventana, los vaqueros se quedaron enganchados en una de esas extrañas máquinas hospitalarias y mi ropa interior quedó repartida por las esquinas de la habitación.


Me metió el pijama casi arrancándome la cabeza y me tomó de la mano. Tiró de mí por los pasillos, mientras apenas conseguí mantener su ritmo.


-¡Vamos! ¡Vamos!

-Estoy descalza.- Me quejé.- Es poco higiénico.

-¡Tonterias!- Y me empujó dentro de lo que parecía una sala de operaciones donde otra alegre enfermera le cogió el relevo y me guió hasta la cama.

-Pero… pero…- Traté de quejarme, pero apenas salían las palabras de mi boca.


De todas formas, las personas de las sala comenzaron a moverse alrededor mía sin percatarse de mi presencia. El anestesista se acercó a mí y me colocó una mascarilla de gas en la cara. Una de las enfermeras, en ese momento no podía distinguir entre la que me arrastró por el hospital o la de la sala, volvió trayendo una caja negra. En su interior, tras una tapa de cristal y encima de un lecho de terciopelo, había muchas cruces pequeñitas de distintos colores.


-¿Cuál quieres?

-La… negra y roja…- Susurré medio dormida.


Desperté al cabo de horas, creo. En una sala diferente, llena de camas de hospital vacías. A mi lado estaba el doctor pesimista de los ojos verdes. Me dio la impresión de que llevaba mucho tiempo a mi lado.


-Al final no resultaste alérgica a la anestesia.

-¿Qué me han hecho?- Pregunté nerviosa.

-Míralo tú misma.


Dirigió un espejo a mis partes más íntimas: mis labios interiores estaban cosidos y no tenía clítoris. En su lugar estaba la cruz que había elegido.


Desvié mi mirada atónita al médico, esperando respuestas de su inexpresivo rostro.


-Acabas de entrar en el Programa C del Gran y Divino Gobierno.- En sus labios dichos adjetivos sonaban como un insulto.- Básicamente, eso que ves que te han hecho. Aquí tienes el manual de higiene.- Me pasó un librillo con una portada de alegres colores cuyo título rezaba: “Cómo cuidar mis genitales ahora que han sido bendecidos”.

-¿Por qué?- Gemí.

-Eres soltera, ¿no? Cuando te cases te lo quitaran, es para preservar la pureza del alma y etcétera etcétera. Esperamos que haya tenido una buena operación, blablabla, y ya se puede ir a casa.- Soltó monótonamente, sin emoción. Sin si quiera un pequeño rastro de cinismo.

-¿Y el post operatorio?- Inquirí

-No tiene. Adios.


Volví a casa pensando. Nada de sexo hasta… buff. Perfecto. Sencillamente, perfecto.


El Gran y Divino Gobierno se había pasado. Vale que se hubieran declarado amos y señores espirituales y materiales de los seres humanos; vale, que hubieran puesto la asistencia a los ritos religiosos so pena de muerte; vale, que haya toque de queda; vale, que erradicaran el tabaco, el alcohol y las demás drogas; vale que no puedas hacer ruidos por las noches (te avisan una vez, a la siguiente los propios guardias papales quitan la música, previo asesinato). ¡Pero que nos quiten el sexo prematrimonial va en contra de cualquier concepción lógica de la vida y el universo! ¡Es una violación a nuestros derechos!


La vida acababa de perder todo sentido.


Al llegar a casa con estos funestos pensamientos en la cabeza, fui directa al baño. Llené la bañera de agua caliente y cogí las cuchillas de afeitar de mi pareja. Las apreté sobre mis venas.


“Si al menos me hubieran dejado el clítoris… ahora podría masturbarme”, pensé.


-Cariño… ¡Qué haces!- Mi pareja entró en baño, sorprendiéndome a punto de quitarme la vida.

-Suicidarme un poco y tal. Me han quitado los genitales.

-¡Ah! Traía la misma idea. Me han circuncidado mucho.

-¿Mucho?

-Sí.


Se bajó los pantalones y me mostró como, aparte de quitarle el prepucio que cubría el glande, le habían extraído un par de centímetros más.


-¡Qué horror!- Exclamé asqueada.

-Sí, duele. Me han asegurado que me volverán a injertar la piel cuando me case.

-A mi igual.


Silencio.


Suspiros.


-¿Nos casamos?- Me miró con ojillos de cachorro abandonado.


Hice una mueca a medio camino entre el horror y la incredulidad.


-¡NO!


Suspiros.


Silencio.


Y el chop chop del agua entre mis piernas.


-¿Me la chupas un poco?


Lo miré indignada y comencé a cortar mis venas con saña tras semejante proposición.


-Eso es un no, ¿verdad?- El chaval nunca había destacado por ser una persona avispada.

-Tómatelo como quieras, vida.- Dije entre dientes.


Y recé para que no practicara necrofilia con mi cadáver.

05/11/08

Pereza

No, no señor. Hoy no me levanto. Me quedo en la cama, diré que estoy enferma o cualquier otra excusa, que más da. Pero no pienso moverme. Estoy mejor entre las sabanas, sin hacer nada, dejando que las horas pasen lentamente, marcadas sólo por el hambre que tengo.

22/05/08

Mi vida corre peligro!!!

Estoy segura de que Eva, mi compañera de piso, a matado a Elena, la otra compañera de piso.

La cosa fue cuando llegué el miercoles destrozada a casa y me vi a Eva en el salón. ¿Y Elena? Siempre somos las últimas en acostarnos.

- Está en su cuarto. ¡No sé que le ha pasado! Ha llegado y ha dicho que estaba cansadisima.-
- Que raro... - Musité

Sara, siguió dejando que OT le sorbiera el seso mientras yo, me acomodé y me hice un popurrí de embutidos. El asunto me llamaba la atención: ¿Elena... cansada? ¡Desde cuando! La chica incombustible, la de las fiestas odiseacas,... Pero... podría ser creible. Todo gran héroe (en este caso heroina) necesitaba descansar.

Y tampoco le dí más vueltas.

Hasta ayer, que, otra vez, Elena no estaba. Y Eva tenía, según ella, la mano quemada.

- ¡Ay Ana! ¡He querido imitarte haciendo puré de calabación y me he quemado la mano! A tenido que venir Javi a curarme. ¡Ay que risa!

Si... claro...

La habitación estaba en total silencio y ella no mencionó en nigún momento a la susodicha. Pero, preferí no hacerlo. ¿Y si me mataba a mí también?

De todas formas no tenía pruebas.

Dormí y soñé con procesos burocráticos que implicaban arañas.

Y esta mañana, ese sonido tan peculiar de Elena llegando tarde a tooodoos lados y abriendo y cerrando sus armarios correderos, no estaba. ¿Dónde esta Elena? En un alarde de valentía, se lo pregunté.

- Ni idea. - La muy sádica se encogío de hombros.- Quizás se abrá ido a dormir a casa de su amiga Laura.

Agobio. Horror. Elena no estaba y la siguiente era yo.

Ahora me encuentro escribiendo estas palabras en mi blog e implorando que Elena, donde quiera que esté este viva. ¡Yo te rescataré!

¡Madre mia! El café me está sentando mal. Las tostadas se me atoran por la garganta.

Al medio día que no está aprovecharé para resgistrar sus habitaciones.

18/05/08

Cómo hacer tortilla

Lo más importante: elegir bien los ingredientes.

Quizás, suene estúpido, pero cualquier día en vez de huevos de pollo nos cuelan huevos de codornices hipervitaminadas. Para evitar tal incomodidad, puesto que una tortilla lleva huevos de gallina, lo mejor es comprar todo en el mercado. O cultivarlo. Así te aseguras que no te envenenan.

Cuando tenemos los ingredientes (dos huevos, unas patatas, una cebolla, aceite y una pizca de sal). Lavamos, pelamos y cortamos las patatas y las cebollas y las sofreimos. En una sartén con aceite. Que es lo propio.

Luego añadimos los huevos previamente batidos en un cuenco y al que le hemos añadido la sal.

Cuando las cebollas y las patatas esté bien frititas, echamos los huevos.

Echa por una cara.

Giramos.

Echa por la otra cara.

Giramos.

Y así eternamente.

12/05/08

Un minutos de silencio

12/04/08

Consciencia

¿Cuantas veces has perdido la consciencia? ¿Cuantas veces te han quitado trozos de tu vida que no sabes que ha pasado? Sólo puedes tener una reconstrucción inexacta por lo que presupones.

En mi corta existencia (al menos quiero pensar que viviré 100 años, aunque a este ritmo...) llevo unas cuatro.

Las tres primeras derivaron de un accidente de bicicleta hace ya un año.

Es raro eso de perder la consciencia. Abrí los ojos y no vi mi cuarto, solo el azul enorme y brillante del cielo. ¿Donde estoy? Es como levantarte de una gran resaca, no sabes como cojones has llegado a la cama y te interrogas: qué pasó anoche. Sólo que aún más bizarro: es de día y estas en la calle, puedes sentir el asfalto bajo tu cuerpo. De echo puedes sentirlo demasiado. ¿Y por qué tienes la mochila bajo la cabeza?

"Hoy es lunes" un buen principio de una línea argumental. "y los lunes voy a trabajar al INIST. Y salgo a las cinco. Cojo mi bicicleta y me voy a casa... ¡ah! Hoy fui por la carretera pero los coches me volvían inestable y quise subir a la acera y..." Y. Y punto. Y abrí los ojos y estaba tirada en la acera con mi mochila bajo la cabeza y franceses que me decían que no me preocupara "ma cherie".

Entonces pasé de llorar de incompresión a llorar de frustración.

La siguiente fue por culpa de una anestesia que me pusieron en el brazo, al día siguiente, antes de entrar a quirófano. Los músculos comenzaron a moverse de manera involuntaria, dolían y... cuando abrí los ojos habían pasado unos 20 minutos. La totalidad de mi brazo desde aproximadamente el hombro a la punta de los dedos estaba totalmente muerta. Es muy desagradable no sentir que tienes brazo, pero notar que "está ahí".

Me atreví a tocarme la clavícula y saber que había pasado. Comencé desde el cuello: hueso, hueso, hueso, ¿um? ¿donde estaba?, hueso.

Estar bocaarriba con un brazo muerto me dio tiempo para pensar. Pensar en mis fallos: ¿cómo podía haber sido tan mema de no calcular distancias? ¿Cómo podía no llevar casco? ¿Cómo podía habérmela jugado todos los días en un puerto de montaña con una bicicleta casi sin frenos? Dios mio...

Me pasaron a quirófano. Y ahí ya fue la última de esta serie. Ya había pasado otra vez por quirófano antes, pero con anestesia local. Una experiencia poco agradable de ablación de ramas (o creo que así es el nombre técnico). Básicamente, es meterte cuatro catéteres por la vena femoral, (recuerdo el roce que hacían al pasar con el hueso de la cadera) hasta el corazón e ir viendo que es lo que te provoca la arritmia, para sí poder cortar el ramal eléctrico.

La primera vez que he pensado que me moría. No en el sentido: ¡oh que ineptos, me muero! Si no en el de llegar más allá de ciertas posibilidades físicas. En el que me han echo estar al borde del infarto. A quienes piensen que exagero, cuando te ponen el corazón a cuarenta pulsaciones por segundo, el aire comienza a escasear, cada bocanada comienza a ser un reto. El corazón comienza a doler y por alguna extraña razón a tirar del cuello, como si una mano de acero de alargadas uñas se te enganchara y comenzara a jalar. El dolor es tan inmenso que te produce nauseas.

Recuerdo que miré a los médicos y les dije: "Me siento mal". Y ellos: "Sí, sí, pero no pasa nada, está todo controlado" Y luego fueron subiéndome lentamente a ochenta.

Curiosamente, después de haber estado como dos horas entre 125 y 150 pulsaciones, pensé que bajar iba a ser agradable.

Pero bueno, a lo que iba. La anestesia local y la sedación te producen atontamiento. Pero nada como la anestesia. Que te pongan la mascarilla y vayas notando como te vas durmiendo contra tu voluntad. Mi impresión era que me ahogaba. Trataba con gestos vanos y torpes quitármela de la cara, pero nada. A dormir.

Cuando desperté, fue como fumarse un par de petardos. Comencé a reir sin saber bien por qué, pero me sentía muy bien y contenta. Esa es la mejor parte.

Aunque para nada, ni punto de comparación, la "mierda" que metieron en el Hospital de Cádiz para sacarme los clavos. Es la meeeeeejor sedación que recuerdo. De echo, me encantaría saber que era para volver a probarla. ¡Dios mio! Estaba deslenguada, risueña, adormilada, contenta. Fue genial. Y todo eso mientras tenía el hombro abierto y me sacaban clavos. La mejor mierda, sí señor.

Pero vamos, eso no fue perder la consciencia. Fue estar colocada. La ultima vez fue hace dos semanas: choque frontal contra un tipo. Por que soy así de... tonta, gilipollas, idiota, marimacho, petarda,... Da igual el adjetivo. La cosa es que le reté y terminamos pegándonos un chocazo frontal.

Él no se hizo nada. Yo caí de lado y me volvía golpear la cabeza, el codo, la cadera.

Los que lo vieron desde fuera, me contaron que yo misma me levanté y me llevé las manos a la cabeza, comenzando a quejarme del dolor.

Para mi, los recuerdos acaban unos segundos antes del choque y vuelven, confusos, abrazada de manera existencialista al pecho de Xillao.

Todo fue caos. Luego, no me acordaba de nada, todo era como un sueño extraño del que poco a poco las nueves de inconsciencia se iban apartando. Pero, lo más agobiante es que no recordaba que hacía al día siguiente. Sólo percibía cosas: Xilli como seguridad, un tipo que me había estado tirando los tejos toda la noche (o así parecía), miedo. El resto, que andaba en una neutralidad absoluta, ni si quiera fui consciente de que estuviesen cerca.

Vivir, sin saber que ha pasado ni qué pasara.

Un poquito agobiante.

Al final, empecé ha hablar y a atar cabos. La mente se me fue despertando.

El punto final fue acabar en urgencias, consolando a una mujer que estaba peor que yo y con dos médicos guasones:

- Si te aburres, ¿por qué no haces yoga?

- ¡Te pareces a Angelina Jolie! Sólo te hace falta que encuentres a otro que se choque contigo por el otro lado.

Aunque terminar en casa de Xillao, con Denis, hielo y seis canarios, tampoco tiene precio.